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Cuando la educación es salud

Un nuevo estudio demostró la relación entre mortalidad y enseñanza: no tener estudios es tan letal como fumar o beber. Cada año en las aulas reduce un 2% el riesgo de morir.


Por Gabriel Michi




Esta fuera de discusión la importancia de la educación en las sociedades. Y cómo en aquellos países en los que los Estados se comprometen con la calidad de la enseñanza se asegura un porvenir mejor para sus ciudadanos y para la comunidad en su conjunto. La inversión en la materia empuja el desarrollo de las naciones y potencia su crecimiento. En lo económico y en lo social. Y también en materia de salud. De vida y de muerte. Según un nuevo estudio, publicado en la revista científica The Lancet Public Health, cada año de educación puede reducir el riesgo de mortalidad en casi un 2%. Sin embargo, no tener estudios es tan perjudicial para la salud como beber demasiado alcohol o fumar 10 cigarrillos al año durante 10 años.


A esas conclusiones se llegó después de una investigación -financiada por el Consejo de Investigación de Noruega y de la Fundación Bill y Melinda Gates- en la que se utilizaron metaanálisis donde se cruzaron infinidad de datos de ambas variantes: educación y mortalidad. En el exhaustivo trabajo se utilizaron los resultados de 603 estudios realizados en todo el mundo, pero en particular en países de renta alta. Según Terje Andreas Eikemo, coautor y director del Centro de Investigación sobre Desigualdades Sanitarias Mundiales de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU), "la educación es importante y no sólo por sus beneficios para la salud; sin embargo, poder cuantificar la magnitud de este beneficio es un avance significativo".


Y los datos son contundentes: las personas que completaron la educación primaria tienen un riesgo de muerte un 13% menor de media, mientras que entre aquellos que completaron la secundaria (con 12 años de educación) eso esa amenaza es un 25% menor en comparación con las que no lo hicieron. Por su parte, aquellos individuos que avanzaron en estudios universitarios y/o terciarios, con 18 años de educación, aparecen con un 34% menos de riesgo de mortalidad. Según los autores del estudio, "estos resultados son similares a los efectos que tiene una buena dieta y la actividad física, también a los perjuicios de factores de riesgo como el tabaco y el alcohol".


Obviamente semejante descubrimiento tiene un impacto especial frente a las desigualdades educativas que tienen los países desarrollados por sobre aquellos que no lo son. Por ello, según Claire Henson, coautora e investigadora del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME) de la Universidad de Washington, es imprescindible abordar esas inequidades: "Cerrar la brecha educativa significa cerrar la brecha de mortalidad, y necesitamos interrumpir el ciclo de pobreza y muertes evitables con la ayuda del compromiso internacional. Para reducir las desigualdades en la mortalidad, es importante invertir en áreas que promuevan las oportunidades de las personas para obtener una educación. Esto puede tener un efecto positivo en la salud de la población de todos los países".


Una de las claves, además de una mayor inversión en cada país (y la ayuda internacional para fomentarla en aquellos más vulnerables), es propiciar una mayor cantidad de años obligatorios en la educación. Por ejemplo, en los países de la UE eso es algo bastante extendido, aunque hay experiencias diferentes: por ejemplo, en Francia y Hungría se matriculan a los niños a los 3 años mientras que en Croacia y Estonia empiezan a los 7 años. Según datos de la Agencia Ejecutiva en el ámbito Educativo y Cultural, Francia, Bélgica y Alemania son los países del bloque con mayor duración de la enseñanza obligatoria. "Aumentando los años de escolarización a nivel mundial, podemos ayudar a contrarrestar las crecientes disparidades en la mortalidad", explica el estudio.


La investigación también señala: "La educación mostró una relación dosis-respuesta con la mortalidad adulta por todas las causas, con una reducción promedio en el riesgo de mortalidad del 1,9% por año adicional de educación". Y concluye: "El efecto fue mayor en los grupos de edad más jóvenes que en los de mayor edad, con una reducción promedio en el riesgo de mortalidad del 2,9% asociado con cada año adicional de educación para adultos de 18 a 49 años en comparación con una reducción del 0,8% para los adultos mayores de 70 años".


Esta investigación global es coincidente con otra realizada hace unos años en Estados Unidos. Según un estudio dirigido por la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale y la Universidad de Alabama-Birmingham, el nivel de educación de una persona puede indicar su esperanza de vida. La investigación analizó la relación entre la raza y la educación de 5114 personas de Estados Unidos durante 30 años. Los investigadores se sorprendieron al descubrir el impacto que puede tener la educación en los posibles años perdidos ya que por cada etapa de educación superada, los participantes agregaron 1.37 años a su esperanza de vida. A través de las tres décadas que se siguió a los participantes, el estudio logró demostrar la importancia de mejorar el acceso a una educación de calidad y cómo esto ayuda a reducir la tasa de mortalidad.


Por ello, la inversión en educación no es sólo sinónimos de desarrollo y progreso en materia económica-social. Es mucho más que eso. Es, ni más ni menos, una apuesta a la vida y un desafío a la muerte.





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