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Dar la primicia más esperada

Gabriela Carchak, periodista de C5N, cuenta en primera persona lo que significó haber informado la noticia que todo el mundo aguardaba: el hallazgo con vida de "M", la niña secuestrada que mantuvo en vilo a la Argentina. Una vez más su profesionalismo y sensibilidad quedaron en evidencia como cuando expuso el crimen de Mariano Ferreyra.


Por Gabriela Carchak (*)

Periodista de C5N





Fue un segundo, ese que lo cambia todo.

Era lo que quería escuchar. Pero no me lo esperaba. En realidad, era lo que esperaba escuchar todo un país, que hacía interminables horas no podía dormir por un caso conmocionante: el de “M”, la niña secuestrada desde hacía tres días y que mantenía en vilo a la Argentina. Y a mí también. No sólo como periodista. Como persona. Como mamá. Son esas historias que te atraviesan. Como una lanza que te perfora la coraza que se supone que tenemos los periodistas como mecanismo de autoprotección frente a años de cubrir noticias dolorosas. Esta era una de esas historias. Las que te desafían como profesional frente a tu propia sensibilidad. Y lo que hice es poner el micrófono, como periodista, pero también como ser humano. Y llegó la noticia más esperada de la manera más inesperada. Frente a mí. La más feliz. La que ponía fin a ese calvario. Para una familia. Para un país. Fue una de esas primicias que te marcan para siempre. Y que le dan sentido al trabajo de tantos años. El mejor sentido. El más profundo. El que vale la pena.


El canal había desplegado todos sus recursos, periodistas y camarógrafos en todos los lugares importantes o en los que podía trascender la información.


Llegamos a nuestro destino con el camarógrafo Gonzalo “Colo” Hernández, mi compañero el jueves 18 (de marzo), y bajé para indagar. El asentamiento en donde viven los familiares del raptor de “M” estaba en completa quietud. La calma se veía interrumpida sólo por los patrulleros que pasaban rastrillando de una manera sistemática, todo lo que ya habían recorrido la noche anterior. Todo prolijo, todo muy mecánico.

Seguí con mi búsqueda de información hasta enterarme que los hermanos del secuestrador estuvieron hasta las 3 de la mañana acompañando y guiando a las fuerzas de Nación, Provincia y Ciudad, que unificadas, "peinaron" las zonas conocidas por Carlos Savanz, y como ya sabíamos, con resultado negativo.

Pero en un minuto la sincronía desapareció. Los patrulleros se agruparon, los policías se bajaron y, reunidos como en un fogón, empezaron a murmurar, casi en secreto. Esa fue la señal. Percibí que algo era distinto. Algo pasaba. La experiencia después de muchos años como cronista en la calle me lo decía.

Empezamos a transmitir en vivo y a caminar esos 100 metros que nos separaban de los policías mientras relataba todos los datos nuevos que había podido conseguir y en el momento, en ese momento en que te jugás rebotar en vivo, en el que sabés que el silencio va a ganar la escena, uno de ellos habló. Habló, cuando no debía (porque los uniformados de bajo rango no les permiten dar declaraciones sin una autorización de un superior), pero en sus palabras alivió a un país. No lo dejaron terminar, pero esa escueta frase sirvió para que la emoción se apoderara de la Argentina, de mis compañeros en el piso y sobre todo, de mí. Intuyo que a ese policía también lo desbordó la euforia.

Intenté ser todo lo profesional que 27 años de carrera me enseñaron, pero a veces la sorpresa, la exaltación por haber encontrado la palabra justa en el momento exacto, y el desahogo por contar lo que todos querían escuchar, gana la partida. Poder decirle a toda una sociedad angustiada, indignada y exasperada por la desaparición de una niña, chiquita, indefensa, vulnerable y que nadie buscó cuando debía, que estaba con vida, fue uno de los mejores premios que el periodismo me brindó.

Fue primicia, todos los medios se hicieron eco en segundos de lo que acabábamos de contar. La nena, esa que fue invisible sus 7 años de vida, que la Policía ignoró, que no pudieron rastrear porque no entra en el sistema, estaba con vida.

La nena, esa que la autoridad no quiso ver, que ninguneó durante 48 horas, movilizó a un barrio entero, a una sociedad que apoyó el corte de una autopista, a los medios de comunicación y finalmente, dos días después, a quienes debieron buscarla de forma inmediata cuando se denunció su falta.

Mil policías salieron tarde, muy tarde, a intentar dar con la menor y su captor. Se pusieron en funcionamiento todas las herramientas que se tenían a disposición, pero dos días después. ¿Habría sido igual si esa niña no hubiera estado en situación de calle, con todos sus derechos vulnerados desde el vamos y en un estado de precariedad doloroso que la clase política no quiso ni mirar durante toda su corta vida? Tuvo que salir un barrio entero a reclamar el mismo derecho, el mismo tratamiento, para que quienes nos deben cuidar hicieran lo que tenían que hacer.