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La resurrección de Lula

El flamante presidente electo de Brasil pasó más de 500 días preso por una causa que después fue cuestionada por el Supremo Tribunal Federal. Hoy se convirtió en el único en llegar tres veces al Palacio del Planalto, pese a haber pasado privaciones y persecuciones.


Por Gabriel Michi


Me considero un ciudadano que ha vivido un proceso de resurrección. Me intentaron enterrar vivo y aquí estoy”. La frase dice mucho más de lo que dice. Hace menos de tres años, Luis Inácio Lula Da Silva comenzaba su camino a su resurrección política. El 8 de noviembre de 2019 salía en libertad después de permanecer más de 500 días detenido. Fueron exactamente 480. En esos días de hospicio obligado en San Pablo, nadie imaginaba este presente. Un presente que lo tiene como presidente electo de Brasil, el único en su historia en llegar por tercera vez al Palacio del Planalto y el único en conseguir derrotar a un presidente en ejercicio (Jair Bolsonaro) que buscaba su reelección. Y Lula lo hizo. Pese a aquella oscuridad que lo rodeó y jaqueó su carrera política por las denuncias de corrupción en contra de su gobierno.


La causa por la que Lula terminó preso era un derivado del escándalo del Lava Jato, una mega operación de delitos contra la administración pública y enriquecimiento que manchó a muchos dirigentes del Partido de los Trabajadores (PT) como del resto de los partidos políticos. El juez de Curitiba Sergio Moro acusó a Da Silva de recibir un soborno de una empresa constructora a través de un departamento de lujo en Guarujá. Esa postura la mantuvieron otros jueces de instancias superiores, pese a que no se encontró ninguna prueba en concreto que ratifique la supuesta maniobra. Finalmente el Supremo Tribunal Federal cuestionó la investigación (en particular, el hecho de la jurisdicción legal) y todo se cayó. Para ese entonces el ex juez Moro ya era ministro de Justicia de Bolsonaro, a quien se le allanó el camino a la presidencia justamente porque Lula -que era el favorito en las encuestas- estaba preso.


De esa situación también logró salir el candidato del PT que el pasado fin de semana logró que 60 millones de brasileños lo elijan como presidente (50,9%) derrotando por apenas dos millones de votos a Bolsonaro (49,1%). Con toda la instalación por años en los medios y en gran parte del inconsciente colectivo de la sociedad de las secuelas del Lava Jato, nadie imaginaba que el ex presidente podría llegar a reconquistar el poder. Pero así fue la resurrección política de Lula.


Esos 580 días de prisión, sin embargo, le sirvieron a Da Silva para reorganizar su red política. Y la polémica gestión de Bolsonaro en los más diversos aspectos -en especial en materia de salud, con casi 700.000 muertos por Covid 19- hicieron el resto. Pero las pérdidas de Lula fueron muy dolorosas en ese tiempo, más allá de la propia libertad con todo lo que eso implica: la muerte de su hermano Genival y la de su nieto Arthur de 7 años por una meningitis. En la previa, en medio de las acusaciones por el Lava Jato, en 2017 había fallecido Marisa Leticia Rocco, su esposa por más de 50 años y con quien tuvo tres hijos. Para muchos allegados, aquel accidente cerebrovascular que sufrió Marisa fue por el sufrimiento por lo que consideran una injusta persecución contra la familia. De ese lugar de dolor también logró resucitar Lula.


Pero no era la primera vez que conoció la prisión. En épocas de la extensa dictadura militar que gobernó Brasil (1964-1984), Luiz Inácio Lula Da Silva fue encarcelado cuando encabezaba las protestas gremiales como dirigente metalúrgico. Ocurrió en 1980 y estuvo cerca de un mes tras las rejas. Fue uno de los tantos presos políticos por haber liderado -desde 1978- las más grandes huelgas de trabajadores que se registraron en la historia brasileña. Y Lula, luego de eso fue seis veces candidato a presidente, ganando en las últimas tres que se pudo presentar.


Pero no fue las únicas dificultades que se enfrentó en vida. De niño padeció hambre en su humilde hogar en Pernambuco. Y hasta perdió un dedo cuando trabajaba como tornero en una fábrica de San Pablo. Se convirtió en un referente insoslayables de los trabajadores (no sólo metalúrgicos) y en el camino conoció los sinsabores de la política no sólo por esas tres elecciones en las que perdió como candidato presidencial.


Ya en sus dos períodos de gobierno logró generar 22 millones de empleos, que los salarios le ganen a la inflación y que 45 millones de personas logren salir de la pobreza. Eso le valió que cuando se retiro del poder lo haga con un 70% de popularidad y que su sucesora, Dilma Rousseff pueda ganar dos veces la Presidencia. Aunque después sobrevino el impeachment contra ella, el mando a cargo de Michel Temer y las elecciones donde Da Silva no pudo participar por estar preso y Bolsonaro resultó electo, en medio que la Justicia avanzaba sobre él y su entorno en causad por corrupción que luego quedaron jaqueadas. Y Lula resucitó.


Hoy, con las calles tomados por bolsonaristas que piden prácticamente un golpe de Estado, yendo a las puertas de los cuarteles militares y cortando centenares de rutas, Lula sabe que debe afrontar un escenario sumamente difícil. Porque enfrente tiene a sectores que están dispuestos a voltear a la democracia si Bolsonaro no sigue en el poder. Por eso esta quizás sea la más difícil de todas las resurrecciones de Lula.



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