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Lo que desnuda la nueva "revolución francesa"

Tras el asesinato de Nahel, un joven de 17 años, en manos de la Policía el país explotó con hechos de violencia que se multiplicaron. Las razones que se esconden detrás del estallido.


Por Gabriel Michi




Era una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento. Faltaba que una chispa encendiera la mecha. Y ese chispa fue el crimen de Nahel, un joven de 17 años asesinado a quemarropa por la Policía francesa en un control de tránsito en Nanterre, en los suburbios de París. Esa fue la gota que rebalsó el vaso y que hizo que todo vuele por los aires. La bronca contenida de sectores desclasados y marginados se tradujo en protestas por todo el territorio galo que, en muchos casos, derivaron en violencia. En particular de jóvenes y niños, inmigrantes o sus hijos, de las periferias de las grandes ciudades, que a su vez suelen ser los blancos predilectos de una Policía discriminatoria, agresiva y racista. Y ese fue uno de los disparadores de la nueva "revolución francesa". Pero no fue el único. Las razones de semejante estallido son muchas más.


El crimen de Nahel -que llevó a prisión al policía que lo asesinó- condujo a manifestaciones que se expandieron no sólo en Nanterre y París, sino que explotaron en casi toda Francia y algunas hasta cruzaron las fronteras llegando a Bélgica y Suiza. Desde el martes hasta el domingo hubo protestas que desembocaron en incendios de edificios (públicos y privados) y vehículos, destrucción de todo lo que encontraban a su paso y saqueos. Del otro lado, una gran represión policial de las fuerzas que se vieron sobrepasadas a pesar de haber sacado a las calles a más de 40.000 agentes. Desde el inicio de las protestas hubo miles de detenidos y centenares de heridos, tanto de los manifestantes como de los uniformados.


No sólo los llamados a la calma por parte de las autoridades e incluso de figuras públicas muy populares como el jugador de fútbol Kylian Mbappé logran pacificar las aguas. Y es que explotó una olla a presión. Atravesada por múltiples factores socioeconómicos y raciales contenidos. De hecho, algunos están presentes en la propia historia de Nahel: un joven de 17 años, hijo de argelinos pero nacido en Francia, criado sólo por su madre ante el abandono de su padre, con un accidentado trámite escolar y que se la intentaba rebuscar haciendo delivery de pizza mientras estudiaba un terciario. El joven estaba matriculado desde 2021 en el liceo Louis Blériot en la localidad de Suresnes, otra ciudad periférica, donde esperaba obtener un certificado de aptitud profesional como electricista.


Era un chico de barrio muy querido por sus vecinos que, según el presidente del club donde jugaba al rugby, Jeff Puech, tenía "ganas de encajar social y profesionalmente, (no era) un niño que vivía del tráfico de drogas o en la delincuencia". Mounia, su madre -y una de las líderes de las protestas reclamando justicia- lo describió como su "todo": "Era mi vida, era mi mejor amigo, era mi hijo, era todo para mí". Nahel no tenía antecedentes penales pero aun así había tenido previamente altercados con la Policía por cuestiones de tránsito.


El disparo a quemarropa del Policía (a 50 centímetros de distancia) dentro del vehículo de Nahel, despertó la ira de los jóvenes, hartos de los permanentes y repetidos abusos oficiales. Una fuerza que en 2022 registró un récord de 13 muertes durante controles de tráfico similares al que terminó en el fusilamiento de este joven. Nahel es la tercera persona que este año que muere de esta manera en Francia. Hace dos semanas, la Policía disparó contra un conductor de 19 años en una ciudad en el oeste del país, luego de que presuntamente golpeara a un agente en las piernas durante un control de tráfico. Lo que habla de una metodología violenta que se repite y que genera indignación en la sociedad.


Distintas organizaciones vinculadas a la defensa de los Derechos Humanos vienen denunciando hace tiempo la particular devoción hacia la violencia por parte de gran parte de los uniformados galos. Por ejemplo, Amnistía Internacional y el Consejo de Europa han acusado a la Policía gala de constantes abusos y violencia frente a las manifestaciones masivas, como las de los "chalecos amarillos" o las protestas que se sucedieron este año contra la reforma de las pensiones. Ahora, con la muerte de Nahel en el tapete, hasta la ONU exigió al gobierno francés que aborde con seriedad los problemas de racismo y discriminación racial dentro de sus cuerpos policiales. De hecho, Ravina Shamdasani, portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos señaló: "Ahora es el momento de que el país aborde seriamente los problemas profundamente arraigados de racismo y discriminación racial entre las fuerzas del orden". Y fue más allá: le pidió a la administración de Emmanuel Macron que aun ante la presencia de "elementos violentos" en las protestas, se debe respetar los principios de "legalidad, necesidad, proporcionalidad y no discriminación".


Pero la arraigada violencia de la Policía no es el único factor que ha determinado que se produzca semejante estallido en Francia. La situación de pobreza extrema y enorme desigualdad que afecta a la población de los suburbios de las grandes ciudades francesas, donde hay una alta población de inmigrantes o hijos de inmigrantes desclasados, también fue parte de esta bomba de tiempo. En esas barriadas periféricas es donde viven la mayor proporción de los sectores más pobres de la sociedad francesa. "Las personas que viven en estas comunidades tienen dos veces más probabilidades de ser inmigrantes que el promedio nacional y tres veces más probabilidades de estar desempleados", escribió Iona Lefebvre en un artículo para el Instituto Montaigne.


Los "banlieues" (la periferia de las ciudades), término como se conoce a esos barrios de los suburbios dan el marco ineludible para que estallen esas protestas por la enorme situación de desigualdad y falta de oportunidades en los que se ven sumergidos. Así ocurrió en este 2023 con el asesinato de Nahel en Nanterre. Pero también se dio en 2005 cuando la explosión comenzó en otro suburbio parisino, Clichy-sous-Bois, que estalló tras la muerte de dos jóvenes musulmanes de 15 y 17 años, electrocutados en una subestación eléctrica cuando escapaban de la Policía. En aquel entonces, la furia llevó a que grupos de jóvenes desclasados y postergadas entraran en una espiral de violencia con la quema de cientos de vehículos, algo que duró varios días. Encima, la respuesta de la dirigencia política de aquel entonces no hizo otra cosa que lanzar más leña al fuego: el entonces ministro de Interior (y luego presidente de Francia), Nicolás Sarkozy, calificó a los manifestantes que comenzaron las protestas de "escoria".


La situación se repitió en 2017 cuando la "banlieue" volvió a estallar luego de que el joven Théodore Luhaka fuera violentamente maltratado por la Policía en Seine-Saint-Denis, otro suburbio de París. Según el sociólogo francés Fabien Truong, profesor en la Universidad de París-VIII, muchos de los manifestantes son chicos de la misma edad que este adolescente, que reaccionan "de forma íntima y violenta" por la sencilla razón de que la víctima pudo haber sido cualquiera de ellos. "Todos los adolescentes de estos barrios tienen recuerdos de altercados negativos y violentos con la Policía. En estos barrios, la pobreza y la inseguridad son realidades concretas. Por eso este enfado es político", describió el académico.


Por esas razones y muchas más es que el estallido que está ocurriendo en territorio galo desnuda otros aspectos de una sociedad desigual y discriminadora, con una Policía violenta y racista que encima goza de la protección -y complicidad- de sus propios sindicatos y -cuanto menos- la falta de voluntad de la dirigencia política de poner límites a esa situación. Por eso explotó esa bomba de tiempo, que sólo necesitaba una chispa para encender la mecha. Y que llevó a esta nueva "revolución francesa".



El asesinato a quemarropa de Nahel por parte de la Policía hizo estallar la ira en Francia.


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