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Arma mortal: La letal guerra del agua en el conflicto de Medio Oriente

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    MundoNews
  • hace 3 horas
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En el centro de la contienda bélica desatada entre EE.UU. e Israel contra Irán hubo ataques contra plantas desalinizadoras que son fundamentales para la vida en esa desértica región.


Por Gabriel Michi




La necesidad tiene cara de hereje. Y ahora, mientras el mundo presta atención a las consecuencias económicas de del conflicto bélico desatada en Medio Oriente, haciendo hincapié en el tema petrolero y su impacto en todo el planeta, hay otro recurso mucho más necesario e imprescindible que se ha convertido en un botín de guerra aún más complicada: el agua. En una geografía árida muy desértica como Medio Oriente, donde el líquido vital es un bien muy escaso que deben extraer de los mares circundantes, las plantas desaladoras o desalinizadoras se convirtieron en un elemento central de sus vidas. Y ahora, en un objetivo clave de los enemigos en disputa. A tal punto que ambos bandos decidieron atacar ese recurso indispensable: EE.UU. bombardeó una planta en Irán, y el país persa respondió atacando otra en Bahrein, país aliado de los estadounidenses. Y allí se desató un nuevo capítulo de esta película de terror


Los bombardeos contra plantas desaladoras poner en jaque la provisión de agua en toda una región que abarca a unos 100 millones de personas y en las que se lleva invertido unos 46.000 millones de euros -entre 2006 y 2024- en 450 plantas que representan, nada más y nada menos, que el 42% de la capacidad de desalinización del Mundo. Atentar esas estructuras puede provocare un daño mayor incluso que los ataques a las petroleras y constituye, para muchos, lisa y llanamente un "crimen de guerra".


Las mayores infraestructuras se ubican a lo largo del Golfo Pérsico, con Arabia Saudí (ej. Jubail) como líder, seguida por Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán e Israel (ej. Sorek). En los citados ejemplos, Arabia Saudí se convirtió en el principal productor mundial, con grandes plantas en la costa este (Jubail, que abastece a Riad) y oeste. Por su parte, Emiratos Árabes Unidos tiene una alta dependencia (42% de agua potable), con importantes instalaciones de ósmosis inversa. Pero la situación es aún más delicada en Kuwait y Omán donde la dependencia extrema, con un 90% y 86% de su agua potable proveniente de estas plantas, es algo que preocupa y mucho en este contexto. .


En el caso de dos de los países que son protagonistas centrales de esta contienda, Israel e Irán, la cosa no es muy diferente: Israel cuenta con la planta de Sorek (cerca de Tel Aviv), que es una de las más grandes del mundo, y resulta fundamental para la gestión de sus recursos hídricos. Del otro lado de la guerra, Irán ha expandido su infraestructura en la costa sur, a pesar de limitaciones técnicas y sanciones.


Por todo lo que representan esas plantas desaladoras o desalinizadoras -con una muy importante concentración de infraestructura a lo largo del Golfo Pérsico- se transformaron en objetivos estratégicos críticos, con una alta vulnerabilidad ante tensiones regionales y la guerra que se ha desatado en Medio Oriente. Según Michael Christopher Low, director del Middle East Center de la Universidad de Utah, "todo el mundo piensa en Arabia Saudí y en sus vecinos como petroestados. Pero yo los llamo reinos del agua salada. Son superpotencias hídricas creadas por el ser humano y alimentadas por combustibles fósiles. Es a la vez un logro monumental del siglo XX y una forma particular de vulnerabilidad".


La escalada contra el agua potable comenzó el mismo día de los primeros ataques de EE.UU. e Israel. De hecho, Irán afirma que Estados Unidos sentó el peligroso "precedente" después de que un ataque aéreo dañara una planta desalinizadora de ese país, recortando el suministro de agua a 30 aldeas. Horas después, Bahrein denunció que Irán dañó una planta desalinizadora en su territorio. Según los expertos, dado que muchas plantas desalinizadoras del Golfo están físicamente integradas en centrales eléctricas como instalaciones de cogeneración, los ataques contra la infraestructura eléctrica también podrían dificultar la producción de agua.


Es cierto que Irán depende menos de la desalinización que los Estados vecinos, ya que obtiene la mayor parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos subterráneos pero muchos están agotados tras cinco años de sequía en medio del cambio climático global. Por eso ha hecho una fuerte apuesta para aumentar la desalinización en su costa sur y bombear parte de esa agua hacia el interior. Pero no es una tarea sencilla ya que el país persa enfrenta limitaciones de infraestructura, altos costes energéticos y sanciones internacionales desde hace años que golpearon su desarrollo. A tal punto que, según cuenta Ed Cullinane, editor para Oriente Medio de Global Water Intelligence, "ya el verano pasado se plantearon evacuar la capital. No me atrevo a imaginar cómo será este verano bajo fuego sostenido, con una catástrofe económica en curso y una grave crisis de agua".


El país más vulnerable por su dependencia de este sistema de desalinización es Kuwait, donde cerca del 90% de sus recursos viene de esas plantas. En segundo lugar aparece Omán, con un 86% y, luego, Arabia Saudí, con el 70%. El proceso para eliminar la sal de mar del agua no es nada sencillo ya que cuenta con varias etapas y pasa por diferentes infraestructuras. Por eso los ataques a esas infraestructuras pueden ser más letales para esas sociedades que aquellos cuyos objetivos sea el crudo. En definitiva, esta nueva guerra del agua que se desató puede ser aún más peligrosa que la guerra del petróleo.



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