Jamaica: el paraíso que le prohíbe las playas a sus habitantes
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Los jamaiquinos sólo pueden acceder al 0,6% de sus costas por las ventas de esos espacios en favor de las grandes cadenas de hoteles "all inclusive" que se quedaron con más de 1.000 kms de su litoral marítimo. La lucha de los locales contra el gobierno y las corporaciones.
Por Gabriel Michi

En toda las guías turísticas que ofrecen sus paraísos en la Tierra nunca falta Jamaica. La hermosa isla del Caribe es poseedora de una belleza natural que atrapa y sorprende. Y es elegida por casi 5 millones de visitantes cada año. Los complejos de resorts "all inclusive" seducen a turistas de todo el planeta. Pero semejante oferta de lujo y placer en un entorno natural inmejorable tiene su "lado B". Y eso tiene que ver con cómo el Estado jamaiquino le ha quitado casi todos los derechos a sus habitantes a acceder a las playas, vendiendo las costas a los mega proyectos turísticos: hoy de los 1.022 kilómetros de costa de la isla, solo el 0,6 % es público y de libre acceso para los residentes locales. El resto quedó en manos de esos conglomerados trasnacionales dedicados al turismo VIP que sólo dejaron el 40% de sus ingresos en ese país: en 2024 de US$ 4.300 millones generados, solo US$ 1.700 millones quedaron para Jamaica. Es decir, los anfitriones recibieron una parte menor de las ganancias y, encima, tienen vedada cada vez más el acceso a esas costas idílicas.
Mientras que en ese 2024 cerca de 4,3 millones de visitantes disfrutaron de esas playas de arenas blancas 2,8 millones de jamaiquinos fueron prácticamente excluidos de ese derecho. Y eso radica en leyes anacrónicas que remiten a cuando aún Jamaica era una colonia británica de la que se independizó el 6 de agosto de 1962. Años antes, en 1956, se impuso la denominada "Ley de Control de Playas" que otorga al Estado la propiedad del litoral y estipula que los jamaiquinos no tienen derecho público a acceder a la playa sin permiso. Esta ley, que aún está vigente, sigue permitiendo al gobierno transferir -sin mayores inconvenientes- zonas costeras a manos privadas. Algo que se ha profundizado con el paso de los años, llevando a esta cada vez más extendida limitación a los habitantes de la isla. Y eso se agravará mucho más en el futuro inmediato ya que se prevé para 2030 la construcción de 10.000 nuevas habitaciones en toda la isla, muchas de las cuales están sobre las costas y restringirán aún más el acceso de los jamaiquinos a su litoral, que ya hoy está limitado a a penas 6 km de extensión de más de 1.000 km de litoral marítimo. Si todos los jamaiquinos decidieran ir juntos al mismo tiempo a disfrutar de sus arenas costeras, tendrían que aglomerarse 466.000 personas por kilómetro.
Frente a semejante situación han comenzado a alzar su voz distintos grupos de resistencia. Por ejemplo, el Movimiento Ambiental por el Derecho a la Playa de Jamaica (JaBBEM), que desde su creación en 2011 viene dando una pelea ciclópea contra semejantes corporaciones y contra gobiernos que avalan estas prácticas. Exigen la derogación de la "Ley de Control de Playas" y, de hecho, vehiculizan demandas en la Justicia: hoy hay cinco expedientes judiciales en curso que buscan asegurar el acceso a las playas para los habitantes en toda la isla. "¿Cómo se puede usar una playa o un río durante (cientos de) años y, en cuestión de días, ya no se tiene acceso a ellos?" se quejó Devon Taylor, cofundador de JaBBEM.
En muchos casos lo que denuncian es que no sólo cada vez se limita más el acceso recreativo a las playas por parte de los jamaiquinos sino que incluso se les está quitando -en muchos casos- el acceso a su propia supervivencia, tal como ocurre con los pescadores. Lo grafican con lo ocurrido, por ejemplo, en la playa Mammee Bay, donde toda esa extensión de arenas blancas acariciadas por un mar turquesa quedó restringido en 2020 a los pequeños botes de pescadores que por décadas hacían base allí -como también a los niños que jugaban y se bañaban en ese lugar- cuando ese espacio fue vendido a una corporación turística que construyó un muro de cemento para que los habitantes no pudieran llegar más a esa playa. Y allí se levantó un complejo turístico de ultra lujo. Fue así que los pescadores que vivían en la cercana comunidad de Steer Town se vieron impedidos de acceder a las aguas donde habían realizado sus actividades para sobrevivir generación tras generación.
En otro punto cercano, el ingreso al popular lugar para nadar, el Roaring River, también se bloqueó cuando el gobierno vendió los terrenos circundantes a la empresa China Harbor Engineering Company para construir residencias privadas. Y así seguirá el derrotero en los próximos años cuando empresas como Hard Rock Hotel levante otras 1.000 habitaciones y el Moon Palace The Grand cree 1.350 habitaciones en Montego Bay.
Devon Taylor, de JaBBEM, señala: "Nuestros vínculos culturales con los espacios naturales se han visto diezmados" y denuncia que la privatización de las playas de Jamaica -que se ha estado desarrollando durante las últimas siete décadas- se aceleró en el último lustro. "Al aislar a los jamaiquinos del mar, de sus prácticas pesqueras tradicionales y de sus medios de vida, se está destruyendo la comunidad; en una o dos generaciones, ya no existirá", explica Marcus Goffe, abogado que representa a JaBBEM.
La organización apunta a complejos como el de Mammee Bay Beach; Providence Beach en Montego Bay (donde Sandals Resorts International planea construir bungalows sobre el agua); Bob Marley Beach, cuyas comunidades rastafari tradicionales luchan contra un resort de lujo de más de US$ 200 millones; Little Dunn's River y Blue Lagoon. En este último caso denuncian que se prohibió la operación de negocios locales de rafting desde agosto de 2022.
Monique Christie, coordinadora de JaBBEM, señaló que "en Montego Bay, quizás queden cuatro playas públicas", Por todo esto fue que Christie sea una de las 10 personas que recientemente presentaron una demanda contra Sandals Resorts, que pretende privatizar Providence Beach, donde ella y su familia han nadado desde niña. Ella aclaró a la BBC: "No se trata solo de una cuestión de derechos. Comunidades como la nuestra están muy ligadas a nuestra tierra y a nuestro entorno natural: nuestros mares, el aire, la costa, la flora y la fauna".
La privatización de las playas jamaiquinas se hizo muy evidente en las costas oeste y norte, donde los resorts "all inclusive" volvieron inaccesibles a las playas para los locales, como también para los turistas que no se alojen en ellos. Sólo quedan en la isla algunos puñados de lugares de libre acceso como Dead End Beach y Discovery Bay, donde las familias con niños disfrutan del reggae en el bar y restaurante del hotel, y los pescadores limpian y venden su pesca, única forma de sobrevivir. Pero eso es ignorado por la mayoría de los huéspedes de esos complejos de super lujo amurallados que impiden que los visitantes conozcan cómo es la vida real de los jamaiquinos y se contacten con su cultura.
Un dato insoslayable es que a 45 minutos en auto al este de Kingston (la capital de Jamaica) está la playa pública Bob Marley, antiguo santuario para las familias rastafaris que huyeron de la persecución estatal a finales de la década de 1960. Un espacio cargado de historia, identidad y emotividad porque allí fue donde el legendario ícono de reggae vivió durante un tiempo y creó música junto a los grandes del género como Peter Tosh y Bunny Wailer. En ese lugar los residentes locales debieron enfrentar una durísima batalla por los planes para construir un resort de lujo de US$200 millones cerca de allí y presentaron una demanda colectiva para garantizar que el acceso a la playa siga siendo público. Sintieron que el gobierno los traicionó cuando habilitó ese proyecto.
Frente a semejante cuadro que se extiende por toda la isla, los jamaiquinos quieren, ni más ni menos, que se le permita el acceso a sus playas, tal como ocurre con los turistas extranjeros. Por eso Christie lo grafica claramente: "En Noruega, el bosque es de todos, no se cerca", haciendo referencia al "allemannsretten", el derecho del público a recorrer libremente las zonas boscosas, siempre y cuando no se deje rastro. "¿Por qué el mar y las playas deberían ser diferentes en Jamaica?", preguntó con una certeza contundente. Y es que a los ojos de todos, lo que ocurre con los jamaiquinos aparece como una enorme injusticia. Sólo pueden disfrutar del 0,6% de sus costas. Y, encima, el resultado de semejantes negocios ni siquiera se traduce en grandes beneficios en una sociedad ya que la mayor parte de las ganancias del turismo se van del país. Más allá de las postales que promocionan las agencias internacionales de viajes, hay un "lado b" en ese lujo "all inclusive" que en realidad excluye a casi todos los habitantes del lugar. Y que convirtieron a Jamaica en el paraíso prohibido para los jamaiquinos.










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