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Una odisea para seguir estudiando

Romina Oviedo, una niña de Lutti, un diminuto pueblo en la provincia de Córdoba, tenía que recorrer 3 kilómetros y subirse a una loma para tener señal y cumplir con las clases que le da su maestra. Pero la solidaridad de los vecinos logró que ahora pueda cursar desde su casa. Mientras, un nuevo problema azota a las escuelas rurales de la zona: los incendios forestales.


Por Gabriel Michi

Romina con su improvisado pupitre y sus útiles en una pirca elevada para poder tener señal y cursar su educación.


Esta es una historia de sacrificio. Y de solidaridad a la vez. De Pandemia, aislamientos, brechas digitales y un esfuerzo digno de ser subrayado. Es la historia de una niña de 11 años que todos los días camina más de tres kilómetros cuesta arriba para lograr tener señal en su celular y, de esa manera, conseguir conectarse con su maestra para seguir las clases. Romina Oviedo vive en las afueras de Lutti, un pequeño pueblo de apenas 20 habitantes en la región de Calamuchita, provincia de Córdoba, cerca de la frontera con la provincia de San Luis. En su casa de adobe, en medio del campo, no tiene señal de Internet y, por eso, Romina tuvo que emprender ese arduo camino para llegar a una loma en el terreno donde sí le llegan las tareas que vía WhatsApp le envía la docente Sandra Suárez, a cargo de la clase plurigrado de la escuela rural Leopoldo Lugones, de Lutti, a 15 kilómetros de la casa de Sonia y a 35 kilómetros del hogar de la maestra, quien reside en la localidad de La Cruz. Desde allí, esta otra heroína, les enseña a distancia en este contexto del aislamiento por el Coronavirus a los niños de cinco familias. Ellos debieron abandonar sus clases presenciales por este escenario pandémico pero es Sandra la que con su comprometido trabajo los mantiene al día con la enseñanza y las tareas escolares.


El plurigrado implica que haya una educación diferenciada entre alumnos de nivel inicial hasta sexto año, pero que comparten una misma escuela y, en tiempos de cursadas presenciales, muchas veces en una misma aula. Allí tienen acceso a Internet, música, inglés y una formación integral Ahora, con la virtualidad como única realidad omnipresente, la mecánica es la siguiente: la maestra les envía las tareas por Whatsapp, y los alumnos le responden con las actividades concluidas, para que ella pueda realizar las devoluciones y correcciones respectivas.



Todos los días, a partir de las 9 de la mañana y hasta el mediodía estos chicos se conectan con su maestra y ella les enseña mucho más que la currícula. Porque en ese contexto aprenden y aprehenden valores como el sacrificio, el esfuerzo, la dedicación y el compromiso. Esos valores que se vieron reflejados claramente en la historia de Romina, la niña de 11 años que en cada jornada educativa debía encarar esta aventura, y llevarse todos los útiles, sentarse en una pirca de piedras en lo más alto de una loma y desde allí conseguir el bien más preciado: la señal de Internet que le permite seguir las clases de su docente.


Pero ahora ya se puede hablar en pasado porque cuando la historia de Romina se hizo conocida, gracias a su docente, conmovió a un grupo de vecinos y a una empresa local que decidieron emprender otra aventura: la de hacer que de alguna manera la señal de Internet llegue a la casa de la chica.


En distintos medios, Sandra, la docente, contó que “Romina es la primera en establecer el contacto. Soy su maestra desde nivel inicial así que viví de cerca toda su evolución, conozco su varias habilidades: es muy inteligente y resolutiva”. En diálogo con MundoNews, la maestra también explicó que "es una niña muy responsable y al haberse viralizado su historia y que gente anónima de haya solidarizado es algo que no tiene precio".



Y cómo fue que la historia se hizo pública? Un día, cuando estaban finaliz