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Chile: la madre de todas las grietas

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales los dos candidatos más votados, Kast y Boric, representaron a la extrema derecha y la izquierda. Son expresiones que pusieron en jaque a los partidos tradicionales. El 19 de diciembre se definirá en un ballotage entre ambos. El país que explotó socialmente en 2019 por la desigualdad llevó al extremo la polarización.


Por Gabriel Michi


Ballotage. Kast, de la extrema derecha, competirá Gabriel Boric, referente de la izquierda. Dos modelos antagónicos.

En el Mundo las polarizaciones políticas y sociales se profundizan día a día. Las famosas "grietas" se agigantan cada vez más. En un blanco y negro, donde los grises se esfuman. Y hay un país en particular donde ese fenómeno se ha vuelto más categórico: Chile. El domingo 21 de noviembre se realizó la primera vuelta de unas elecciones presidenciales que no sólo son determinantes para la historia chilena sino que despiertan un particular interés en toda América Latina. Y en esa ronda inicial dos candidatos antagónicos resultaron ser los más votados. De un lado José Antonio Kast, el postulante de la extrema derecha (Partido Republicano) y, del otro, Gabriel Boric, referente de la izquierda (Apruebo Dignidad). En unos comicios donde sólo votó el 47% de los habilitados (en Chile el sufragio no es obligatorio) Kast cosechó el 27,9% de las voluntades mientras que Boric se quedó con el 25,8%. Así se convirtieron en los dos aspirantes a la Casa de la Moneda que competirán en el ballotage del 19 de diciembre.


Las dos opciones que se enfrentarán en la segunda vuelta representan dos visiones totalmente encontradas frente a la realidad del país pero también en cuanto al futuro que debería encararse para afrontar los graves conflictos económicos, sociales y políticos que atraviesan a Chile. De un lado aparece un Kast, defensor de la siniestra dictadura de Augusto Pinochet, que plantea -entre otras cosas- cavar una profunda zanja en la frontera norte para frenar la inmigración desde otros países, además de derribar la Convención Constituyente que se lleva adelante en estos momentos. Del otro se exhibe un candidato como Boric, emergente de las protestas sociales que explotaron en 2019 y que propone un proyecto más inclusivo, con fuerte presencia del Estado, y que defiende a rajatabla el proceso de elaboración de una nueva Carta Magna que entierre de manera definitiva la anacrónica Constitución pinochetista aún vigente pese a los 31 años de democracia.


Detrás de Kast y Boric quedó el candidato libertario del Partido de la Gente, Franco Parisi, quien obtuvo el tercer lugar en estas presidenciales (con el 12,8% de los votos) pese a no haber pisado territorio chileno y hacer campaña virtual desde los EE.UU., donde vive y tiene residencia. Parisi encima afronta en su país natal causas judiciales por no haber pagado las cuotas alimentarias de sus hijos menores. Aún así le ganó la carrera al candidato del oficialismo (Chile Podemos más), Sebastián Sichel, quien quedó relegado a la cuarta posición con el apenas el 12,1% de los sufragios. Ese dato no es otra cosa que una postal de la decadencia que atraviesa la imagen del Presidente Sebastián Piñera, quien logró zafar a último momento de la destitución que había sido aprobada por la Cámara de Diputados, pero que el Senado frenó gracias al número de legisladores oficialistas que impidieron que el trámite sea aprobado por los dos tercios de ese cuerpo. Piñera quedó salpicado por el escándalo de los Pandora Papers.


En quinto término de la carrera presidencial se ubicó la candidata democratacristiana Yasna Provoste (Nuevo Pacto Social) con el 11,6%, superando al postulante Marco Enrique-Ominami (7,6%) del Partido Progresista y al aspirante de la izquierda más extrema Eduardo Artés (1,4%), de Unión Patriótica.


Boric, Kast, Provoste, Sichel, Artés y Ominami participaron del debate. Parisi no: hizo campaña desde EE.UU.



La decadencia de los partidos tradicionales


La irrupción de dos candidatos impensados enterró las aspiraciones de los partidos tradicionales de centroderecha (Renovación Nacional) y centroizquierda (Concertación) que se vienen alternando en el poder chileno desde el retorno democrático. En esta ocasión, sus aspirantes (Sichel y Provoste) quedaron relegados al cuarto y quinto puesto, respectivamente. El estallido social que explotó en octubre y noviembre de 2019 se desató cuando se quiso aumentar 30 centavos el pasaje de metro (en un ya muy caro sistema de transporte). Esa fue la punta de una mecha que hizo estallar una bronca contenida por situaciones que ubican a Chile entre los países más desiguales del Mundo, una nación en la que un puñado de cinco familias acaudaladas (entre la que figura la del Presidente Piñera) concentra en 30% del PBI nacional. A eso hay que agregar un sistema educativo y de salud excluyente para la mayoría de los ciudadanos.


Por todo eso, los jóvenes tomaron las calles y luego se sumaron otros grupos, y juntos protagonizaron las manifestaciones más importantes y masivas de la historia. Y que fueron respondidas con una enorme represión que se saldó con más de 30 muertos, centenares de heridos y miles de detenidos. La actuación desmedida de los carabineros fue tan violenta que recibió la condena internacional, incluso del Alto Comisionado por los Derechos Humanos de la ONU, que encabeza la ex presidenta chilena Michelle Bachelet.


El estallido social de de 2019 puso al desnudo las enormes desigualdades del denominado "Modelo chileno".

Ahora bien, la consigna que ganó la calle en 2019 fue más que elocuente: "No son 30 centavos, son 30 años". La referencia apuntaba a las tres décadas de vigencia de la Constitución elaborada por la dictadura de Augusto Pinochet que no hizo otra cosa que agigantar y consolidar las desigualdades ya establecidas, además de soslayar derechos básicos de todos los ciudadanos. Frente a eso el pueblo chileno se puso de pie y logró torcer el brazo del gobierno de Piñera y obligarlo a llamar un plebiscito donde el 80% eligió desterrar de una vez y para siempre la Carta Magna del dictador y proponer una nueva y democrática. Luego vendría la elección de los congresales constituyentes donde los partidos tradicionales sufrieron una nueva derrota y en el que los candidatos independientes fueron los más votados. La consagración final de esa tendencia fue la elección de la presidenta de la Convención: la académica mapuche Elisa Loncón. Y ahora llegaron estos comicios presidenciales donde los dos candidatos más votados resultaron transitar por fuera de los partidos tradicionales. Y con posiciones diametralmente opuestas.


Esta contienda por el máximo poder en el Palacio de la Moneda es una resultante también de aquellos estallidos de 2019. No sólo porque Gabriel Boric es un emergente de la misma sino porque su contrincante, José Antonio Kast, es también el producto de la reacción más conservadora frente a aquellos reclamos. A tan punto que sus posiciones antagónicas también tienen como correlato el debate por este proceso constituyente histórico, con uno que lo defiende a ultranza (Boric) y otro que lo defenestra y quiere anular (Kast).


Además, lo que ambos representan también se puede explicar con la geolocalización de sus votantes y las problemáticas que atraviesan en sus lugares de residencia. Mientras que Kast obtuvo su mayor diferencia en la región de La Araucanía (hoy militarizada por el denominado "conflicto mapuche") y en el norte del país (donde crecen las disputas por la gran cantidad de inmigrantes que cruzan la frontera de manera irregular), Boric cosechó mayor apoyo y ventaja en los grandes centros urbanos como la capital Santiago y Valparaíso.

Kast sacó más diferencia por la pelea por el "conflicto mapuche" en La Araucanía y el rechazo a inmigrantes en el Norte.

Los posibilidades de los "finalistas"


Es la segunda vez que el abogado de ultraderecha José Antonio Kast (55) se postula para la Presidencia de Chile. Hace cuatro años sólo obtuvo poco menos del 8%. Ahora, con casi el 28% del apoyo de los votantes, quedó en primer lugar en esta contienda. Lo que le permite transitar el camino hacia un ballotage al que llega más cómodo que su competidor Gabriel Boric. No sólo por haber sacado un 2% más de votos, sino porque la historia chilena marca que nunca se pudo revertir en una segunda vuelta el resultado de la primera. Además, si se tiene en cuenta que las otras opciones de derecha (Partido de la Gente y Chile Podemos Más) reunieron la sumatoria de un 25% del electorado, parece irreversible el potencial triunfo de Kast.






Si la matemática política sucediera con lógica ideológica (algo que muchas veces no ocurre), quizás la izquierda que postula a Gabriel Boric podría ilusionarse con cosechar todos los votos del Nuevo Pacto Social (la dirigente democratacristiana Yasna Provoste ya dijo que lo apoyaría), del Partido Progresista y de la Unión Patriótica, que en total sumaron algo más del 20%. Pero no le alcanzaría. Para eso Boric necesitaría que más chilenos vayan a votar (superando ese 47% de participación en la primera vuelta) y que la gran mayoría de ellos se incline por su postulación.




Dos perfiles antagónicos


José Antonio Kast, hijo de un oficial nazi, es un abogado ultracatólico que se opone ferozmente a la legalización del aborto y a toda la agenda en materia de género. Fue diputado y militó durante muchos años en la Unión Demócrata Independiente (UDI), hasta que dio el portazo para crear su propio partido, el Republicano, y postularse a la Presidencia de Chile en 2017, donde obtuvo el 7,93% de votos. Eso significó que, hace cuatro años, lo respaldaron 523.000 chilenos. Ahora fueron más de 1,7 millones. O sea, dos veces y media más que en la anterior elección presidencial. Un fenómeno creciente que se viene repitiendo en otras latitudes, con posturas extremas que cruzan permanentemente los límites de la democracia y la tolerancia, tal como lo contó MundoNews en la nota "La 'libertad' de odiar".


Kast, el referente de la extrema derecha chilena.

Kast no sólo reivindica la dictadura pinochetista sino que se jacta permanentemente de su extremismo. Una de sus consignas principales es: "para una izquierda sin complejos se necesita una derecha sin complejos". Así también reivindica la economía que impulsó el ex general durante su interminable reinado de 17 oscuros años (1973-1990), incluso para criticar y correr por derecha a Piñera. Además, Kast es un defensor de polémicos líderes mundiales como Donald Trump y hasta del propio Jair Bolsonaro. Y se referencia con partidos como VOX en España. Con todos ellos comparte las premisas antiinmigrantes, con improntas que muchas veces rozan el racismo y la xenofobia.


En tanto, en la otra vereda se ubica el candidato de la coalición Apruebo Dignidad, Gabriel Boric. El postulante, que sorprendió al ganar la interna del Frente Amplio al referente del Partido Comunista, Daniel Jadue, es -con sus 35 años- el aspirante más joven a la Presidencia de Chile en toda su historia. Y eso no es un dato menor. El apoyo y acompañamiento de los jóvenes es clave para entender el mensaje que dejó la revuelta de 2019 y Boric es un resultante de la misma.

Boric, el candidato de la izquierda chilena.

De hecho, él mismo proviene de la militancia estudiantil y fue uno de los voceros de la Confederación de Estudiantes en 2011, llegando a presidir la Federación de Estudiantes Universitarios de Chile. Aquellas movilizaciones lo mostraron como un referente a nivel nacional, a tal punto que alcanzó un asiento en la Cámara de Diputados en 2014 y logró ser reelecto para esa banca en 2017. Algo que también lo tuvo como un protagonista ineludible en la revuelta de 2019, cuando muchos de esos reclamos históricos volvieron a aflorar.


Con una postura clara en cuanto a la importancia de la presencia del Estado para atenuar las inequidades, sus definiciones al respecto son contundentes: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo, también será su tumba”. Es decir, su pensamiento político, económico y social se sitúan exactamente en las antípodas de su contrincante para el ballotage.


Así Chile se enfrentará en las próximas semanas a un escenario de polarización extrema nunca visto. Ni allí ni en otros lugares del Mundo, por lo menos con esa intensidad definitoria. Un país en blanco y el negro. Donde se da la mayor de las polarizaciones posibles, con partidos tradicionales en retirada. La extrema derecha versus la izquierda jugarán su partido más decisivo. Algo impensado en otras épocas. Por eso hoy en Chile se vive, nada más y nada menos, la madre de todas las grietas. Y nadie sabe cómo terminará.




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